Clown para vivir

2–3 minutos

Una técnica escénica que también entrena el alma.

No necesitas ser artista, ni tener experiencia en escena. Tampoco tienes que ser la persona más extrovertida de tu grupo o la más graciosa de la oficina. Lo único que necesitas es algo que ya tienes: curiosidad. Porque el Clown, más allá de la nariz roja y las carcajadas, es una práctica que te invita a mirar tu vida desde otro lugar. No para reírte de lo que duele, sino para sumar herramientas que te acompañan a habitar con más presencia lo que eres, tal como eres.

Llevo más de doce años acompañando procesos a través del Clown. He sido Clown Hospitalaria en hospitales públicos, me formé como docente en Espacio Aguirre (Buenos Aires), y trabajó con personas y grupos. Lo que he aprendido es que el Clown no transforma a nadie desde afuera: te recuerda desde adentro quién eres cuando no estás cumpliendo expectativas, cuando no estás actuando para sobrevivir. El mundo nos pide ser funcionales, productivos, exitosos, y en ese camino a veces se nos olvida cómo se respira, cómo se habita el cuerpo o cómo se juega sin estrategia. El Payaso viene a aflojar esa corazón.

En el espacio del Clown no hay exigencias. Solo lo que hay. Y eso, que parece tan simple, es profundamente desafiante. Porque si hay miedo, no se disimula: se incluye. Si hay torpeza, se celebra. Si hay alegría, se expande. Es un lugar donde no hay que ser nada más que tú. En un mundo que constantemente nos empuja a corregirnos, a pulirnos, a rendir, eso se vuelve revolucionario. En cada taller hay un momento donde alguien dice “me acordé de mi cuerpo”, o “me déjé de juzgar por un rato”, o simplemente “pude respirar distinto”. No son frases decorativas. Son pequeñas grietas por donde entra la vida.

Y es que el Clown no solo te entrena para estar presente, también te ayuda a desarrollar la compasión: no castigarte cuando fallas, la de no exigirte ser brillante todo el tiempo. En el Clown, el error no solo es válido: es el mejor regalo. De ahí también nace el humor. No un humor que disfraza, sino uno que ilumina. Un humor que no niega el caos, sino que lo abraza con ternura. Que no pretende resolver la vida, pero sí te da otra forma de habitarla.

No se trata de ser mejor que nadie, ni mejor que antes. Se trata de encontrarte, de sorprenderte, de soltar el control. Y a veces, cuando eso pasa, cuando sueltas solo un poquito, aparece algo que te recuerda que la vida, incluso con todo lo que duele, puede ser también ligera, torpe, absurda y profundamente hermosa.

Y todo eso puede empezar con una simple nariz roja.

V.